—Los timbres son aviesos —me dijo el viejo, y luego, más tarde, delante del trifásico con coñac que había insistido en pedir, abundó—. Mala gente, los timbres —y continuó—. Muchos no lo saben, los miran con simpatía... No me lo explico: a uno le puede caer simpática una aldaba, un picaporte, hasta el ojo de una cerradura, aunque...", pareció ensimismarse, dió un sorbetón a su taza y perdió el hilo...
Mientras apuntaba mi cámara a una puerta en el Gòtic había notado una sombra a mis espaldas. Normalmente, alguien se detiene un momento para ver qué estoy fotografiando, o a veces me regañan por hacerlo.... En otras ocasiones se trata de un habitante del inmueble que, por cortesía o cortedad, espera a que acabe para entrar en el portal. De modo que me volví, dispuesto a apartarme o a aguantar alguna impertinencia, pero era sólo un viejecito pulcro, con una cazadora por la que asomaba un chaleco de punto y corbata, y cubierto con una gorra porque caía una lluvia suave. Y sólo me miraba.
—¿Qué fotografía? —me preguntó.
—Los timbres —le contesté. Y me dispuse a volver al trabajo.
—No lo haga —me cortó, y entonces lo dijo—... Los timbres son aviesos.
miércoles, 2 de junio de 2010
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
